La noche está cuajada de los engaños que a todas horas regalamos, si un maldito día decidieran brillar con la verdad que esconden cegarían a mil soles... recemos para que eso no suceda.
Supongo que así soy yo, no más que otra rutilante mentira.
Me llamo Falsa, un nombre apropiado porque todo lo que contaré puede ser verdad... o no.
Mi historia comienza como todas las historias, con la casualidad de estar en el lugar correcto en el momento incorrecto.
Había quedado con mi amigo Carlos en la puerta de la sala de conciertos donde solíamos ir cuando eramos más jóvenes.
Su llamada resultó de todos modos inesperada porque llevabamos sin saber el uno del otro muchísimo tiempo.
Es demasiado fácil ir dejando que el tiempo pase y despreocuparse de los demás, nuestro centro es tan absorbente que no nos paramos demasiado a recordar que el universo no gira alrededor nuestro.
Como decía, dejé que los años pasaran sin molestarme a dedicar un minuto a los viejos conocidos, por lo que cuando el móvil sonó me le quedé extrañada mirándolo intentando ubicar el nombre de Carlos que se reflejaba en la pantalla en mi presente, tras el cuarto timbrazo no me quedó más opción que coger la llamada:
- ¿Sí?.
- ¿Falsa?, ¿Hola?, soy Carlos, ¿me recuerdas?.
- Uhm... ¡ostras, sí!.¿Qué tal?. ¡Cuanto tiempo!. ¿Qué ha sido de...
- Falsa, ahora no, luego hablamos lo que quieras, tengo que verte en persona, ¿vale?
- Cla..claro. ¿Algo va mal?.
- Te lo digo en persona. ¿Recuerdas el Ocean, en la calle Santa Cruz?
- ¿La sala de conciertos?. Está cerrada desde hace años.
- Sí, justo esa. ¿Te viene mal que quedemos en la puerta hoy a las diez?
- No, no, sin problemas. Te veo allí. Si necesitas...
Click.
Eso fue lo único que oí, como el teléfono se colgaba y al girarme pude ver mi cara de alucinada en el reflejo del espejo. No sólo no esperaba la entrada de Carlos de nuevo en mi vida, sino que tampoco estaba preparada para que esta fuera tan misteriosa y preocupante.
Miré el reloj de muñeca, eran las ocho y media de la tarde, tardaría una hora en llegar al lugar de encuentro, con lo que cogí las llaves del coche, la chaqueta, el bolso y cerré con un portazo mi casa.
La semana en Madrid había sido bastante desapacible, y el hoy no era diferente. El cielo plomizo dejaba caer una fina lluvia que acrecentaba su molestia gracias a la contribución de un viento helado.
Noviembre no es un mes de luz en casi ninguna ciudad en las que he estado, la capital no era diferente.
Me agrada la lluvia, cuando la noto correr por mí, el ver a la gente huir de ella como si cupiera la posibilidad de que su mero contacto les disolviera en las aceras. Disfruto con la sensación de estar sola en un mundo irreal distorsionado por el gris del agua que cae, y sin embargo ver a los demás corriendo a mi lado sin sentirlos en la misma dimensión.
Pero no podía pararme en ensoñaciones, recordé el apremio de la voz de mi viejo amigo y la inquietud que me transmitió, y corrí como todos los que aún estaban a esas horas con las compras de último minuto.
Entré en mi coche y arranqué con dirección a la sala, me interné en el odioso tráfico madrileño, si ya es complicado conducir en la ciudad, algo paranormal sucede cuando caen tres gotas, y es que parece que a todos se les ha olvidado conducir a más de cuatro kilómetros por hora.
-¡¡Joder, que apenas llueve, pisad el puto acelerador!!.- le grité a la fila de conductores que habían colapsado la salida a la calle principal. A este ritmo ni de coña llegaba a la hora.
Claxon, frenada, primera, segunda, frenada, claxon.
Miré impaciente el reloj del coche, las diez menos cuarto y aún no había recorrido ni la mitad del camino.
Tenía que llamar a Carlos para decirle que llegaría tarde. Odio llegar tarde.
Busqué en mi bolso, en serio que era feliz cuando prescindía de él, ahora es sólo un baúl desastre que acapara todas las cosas que no sé donde meterlas y que creo que puedo necesitar pero sé que jamás necesitaré.
No encontraba el móvil, lancé el contenido del bolso sobre el asiento del conductor y justo me vino a la mente donde estaba mi teléfono: justo al lado de donde dejo las llaves de casa, lo dejé mientras iba a por la chaqueta.
-Joder, joder, joder...¿Y ahora que coño hago?
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